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Marcelo Navarrete

La IA no cierra brechas por sí sola

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Portada del artículo: La IA no cierra brechas por sí sola

Actualizado al 13 de agosto de 2026.

Cada cierto tiempo aparece una tecnología presentada como la solución definitiva para la desigualdad. Primero fue Internet. Después llegaron los teléfonos inteligentes, las plataformas educativas y el trabajo remoto. Hoy ese lugar lo ocupa la inteligencia artificial.

La promesa es atractiva. Una persona podría aprender desde cualquier comuna, una pequeña empresa podría acceder a herramientas antes reservadas para grandes compañías y un estudiante podría recibir apoyo sin importar dónde vive. Todo eso es posible, pero posible no significa automático.

La inteligencia artificial puede ampliar oportunidades. También puede favorecer primero a quienes ya tienen mejor conexión, más tiempo, mayor educación y recursos para experimentar. Si no se consideran esas diferencias, la misma herramienta que promete cerrar una brecha puede terminar ensanchándola.

1. Tener Internet no significa poder aprovecharlo de la misma manera

Chile ha avanzado de forma importante en conectividad. La Encuesta de Acceso y Uso de Internet 2025 de SUBTEL informa que el 96,6 % de los hogares declara acceso propio y pagado a Internet fijo o móvil. Es una cifra alta y representa un cambio enorme respecto de una década atrás.

Sin embargo, ese promedio no cuenta toda la historia. Una persona que trabaja con fibra óptica, computador y un lugar tranquilo no enfrenta las mismas condiciones que otra que depende de un teléfono con datos móviles, comparte el equipo o vive en una zona donde la conexión es inestable.

El mismo estudio advierte que los hogares de menores ingresos tienen menos equipos complementarios y dependen en mayor medida del teléfono móvil. También identifica menores niveles de alfabetización digital entre personas mayores y grupos de menores ingresos. El acceso existe, pero las condiciones para convertirlo en aprendizaje, productividad o autonomía siguen siendo desiguales.

Hay además un problema de costo. Según la encuesta, en el 58,6 % de los hogares que declararon pagar Internet fijo, ese gasto supera el 2 % de sus ingresos declarados. Para una familia con presupuesto estrecho, conectarse no es un detalle técnico. Compite con otras necesidades.

2. Usar aplicaciones no equivale a tener habilidades digitales

Muchas personas utilizan mensajería, redes sociales y navegación web todos los días. Eso demuestra familiaridad con el entorno digital, pero no significa necesariamente que puedan evaluar una fuente, proteger una cuenta, ordenar información, automatizar una tarea o reconocer cuándo una respuesta generada por IA contiene un error.

La encuesta de SUBTEL muestra avances en habilidades básicas, pero informa que solo un 23 % declara capacidades más especializadas, como instalar un sistema operativo o programar. Esa cifra no mide por sí sola el conocimiento de inteligencia artificial, pero permite entender que existe una distancia entre consumir tecnología y dominarla.

Con la IA esa distancia importa todavía más. Escribir una pregunta en una plataforma es sencillo. Saber si la respuesta es correcta, detectar un dato inventado, proteger información personal y adaptar el resultado a un problema real requiere criterio. La herramienta puede responder rápido, pero no reemplaza la capacidad de evaluar lo que entrega.

La nueva brecha no separa únicamente a quienes tienen Internet de quienes no lo tienen. También separa a quienes pueden usar estas herramientas con autonomía de quienes deben aceptar sus respuestas sin contar con elementos para cuestionarlas.

3. Un curso puede abrir una puerta, pero no garantiza atravesarla

Chile ya cuenta con iniciativas públicas y privadas de formación. SENCE y Microsoft informaron en 2026 que su alianza acumulaba más de 240.000 inscripciones, con un 61 % correspondiente a mujeres. La oferta incluyó cursos gratuitos sobre inteligencia artificial aplicada al trabajo, ventas, recursos humanos y gestión de proyectos.

Es una señal positiva. El formato en línea permite que más personas se acerquen a estos contenidos sin pagar una matrícula o trasladarse a una capital regional. Pero una inscripción no es lo mismo que terminar un curso, aprender una habilidad, conseguir empleo o mejorar un negocio.

Para saber si un programa reduce una brecha es necesario observar qué ocurre después. Importa conocer cuántas personas completaron la formación, qué pudieron hacer con lo aprendido, si recibieron acompañamiento y si ese conocimiento produjo una mejora que se mantuvo en el tiempo.

Contar participantes sirve para conocer el alcance. Medir resultados sirve para saber si la iniciativa funcionó.

4. La formación necesita un problema concreto y un contexto cercano

Enseñar inteligencia artificial no debería comenzar con una herramienta de moda. Debería comenzar con la vida de quienes participan.

Una emprendedora puede necesitar ordenar pedidos, calcular costos o preparar descripciones de productos. Una organización social puede querer resumir documentos públicos o mejorar la comunicación con su comunidad. Una persona que busca trabajo puede requerir apoyo para comprender una oferta, pero también necesita aprender a reconocer promesas falsas y proteger sus antecedentes personales.

Cuando la formación parte de problemas reales, la tecnología deja de ser una demostración y se convierte en una capacidad útil. Para eso se necesita lenguaje claro, ejemplos pertinentes, tiempo para practicar y alguien que pueda responder dudas. Un video de dos horas puede ser un buen comienzo, pero difícilmente reemplaza todo ese proceso.

El acompañamiento local también importa. Municipios, bibliotecas, centros de formación, escuelas, organizaciones sociales y centros de negocios conocen barreras que una plataforma nacional no siempre puede ver. Saben si falta conectividad, si los horarios son incompatibles con tareas de cuidado o si una capacitación exige conocimientos que nunca fueron enseñados.

La tecnología puede distribuir contenido a gran escala. La comunidad ayuda a convertirlo en aprendizaje.

5. Las PYMEs pueden reducir brechas y también pueden crearlas

Las pequeñas empresas cumplen un papel importante porque son lugares de trabajo, espacios de aprendizaje y puntos de contacto con clientes. Una adopción responsable de IA puede ayudar a que tareas repetitivas consuman menos tiempo y permitir que las personas se concentren en actividades de mayor valor.

Pero también existe el riesgo de imponer herramientas sin capacitación, evaluar a trabajadores mediante sistemas que nadie comprende o reemplazar canales de atención por respuestas automáticas que excluyen a personas mayores, con discapacidad o con menor experiencia digital.

La Estrategia de Digitalización de MIPYMES publicada por el Ministerio de Economía reconoce que no todas las empresas parten desde el mismo nivel. Por eso propone rutas diferenciadas según madurez digital e incorpora preguntas sobre inteligencia artificial, privacidad, ciberseguridad y gestión de datos.

Ese enfoque es razonable. Antes de adoptar una solución, una PYME debería saber qué problema quiere resolver, quién necesita aprender a usarla y cómo comprobará si mejoró algo. Comprar una licencia no constituye por sí solo una estrategia digital.

6. Incluir también significa proteger

Una persona con menos experiencia digital puede beneficiarse enormemente de una IA, pero también puede estar más expuesta a errores, engaños o usos indebidos de su información.

Si una capacitación enseña a usar estas herramientas, también debe explicar que no toda respuesta es verdadera, que los datos personales no deberían copiarse sin necesidad y que una decisión importante no debe quedar en manos de un sistema sin revisión humana.

Esto es especialmente relevante cuando se trabaja con información de salud, antecedentes financieros, datos de niños y niñas o documentos laborales. La facilidad para pegar un texto completo en una plataforma puede ocultar que esa información está siendo enviada a un tercero.

La inclusión digital no consiste solamente en entregar acceso. También implica entregar herramientas para reconocer riesgos, tomar decisiones informadas y pedir ayuda cuando algo no parece correcto.

7. Lo importante no es cuánta IA se usa, sino para qué sirve

Una política de inclusión no debería medir su éxito por la cantidad de cuentas creadas, preguntas realizadas o certificados emitidos. Esas cifras son fáciles de obtener, pero dicen poco sobre la vida de las personas.

Un resultado valioso puede ser que una emprendedora reduzca errores en su inventario, que una persona complete una postulación laboral sin entregar datos a un sitio fraudulento o que una organización pueda analizar información pública con mayor rapidez. También puede ser descubrir que una herramienta no era adecuada y evitar un gasto innecesario.

La inteligencia artificial tiene sentido cuando resuelve una necesidad sin crear un problema mayor. Por eso cada programa debería definir qué cambio espera producir y revisar después si ese cambio ocurrió.

La evaluación no tiene que ser complicada. Puede comenzar preguntando si las personas terminaron la actividad, si recuerdan cómo aplicar lo aprendido, si lo usan de manera segura y qué barreras continúan enfrentando.

8. Chile necesita algo más que entusiasmo tecnológico

La Política Nacional de Inteligencia Artificial reconoce que la adopción requiere formación de talento, infraestructura, gobernanza de datos y consideraciones éticas. Es una mirada más completa que simplemente repartir acceso a una plataforma.

Para que la IA contribuya a reducir brechas se necesitan conexiones estables, dispositivos adecuados, habilidades básicas, formación pertinente, acompañamiento y protección. También se necesitan oportunidades económicas reales donde aplicar lo aprendido. Sin ese conjunto, la capacitación corre el riesgo de terminar como otro certificado que no cambia las condiciones de fondo.

No todas las personas deben convertirse en programadoras ni todas las PYMEs necesitan automatizar sus procesos. El objetivo debería ser que cada una pueda comprender qué ofrece la tecnología, decidir si le sirve y utilizarla sin perder autonomía.

9. La tecnología puede ayudar, pero la igualdad sigue siendo una decisión

La inteligencia artificial no reparte por sí sola sus beneficios. Responde a la infraestructura disponible, a las decisiones de quienes diseñan los programas y a las condiciones de las personas que intentan usarla.

Chile tiene conectividad, políticas públicas y una oferta creciente de formación. El paso siguiente es conectar esos esfuerzos con resultados comprobables y con las necesidades de cada territorio. Eso exige menos promesas generales y más seguimiento.

La IA puede ser una herramienta de inclusión cuando llega acompañada de educación, seguridad y oportunidades. Sin esas condiciones será otra tecnología disponible para casi todos, pero verdaderamente útil solo para algunos.

Fuentes y alcance de este artículo

Los datos sobre acceso, costo, dispositivos y habilidades provienen de la Encuesta de Acceso y Uso de Internet 2025 publicada por SUBTEL. La cifra del 23 % corresponde a habilidades digitales especializadas consultadas por esa encuesta y no debe interpretarse como una medición directa de conocimientos en inteligencia artificial.

Los antecedentes de formación corresponden al anuncio oficial de los cursos de SENCE y Microsoft. Las cifras informan inscripciones y distribución por sexo, pero no demuestran por sí solas finalización, aprendizaje o impacto laboral.

El enfoque sobre adopción empresarial se basa en la Estrategia de Digitalización de MIPYMES del Ministerio de Economía. Los lineamientos nacionales sobre formación, infraestructura y gobernanza pueden revisarse en el Plan de Acción de la Política Nacional de Inteligencia Artificial.

Este artículo ofrece una interpretación general basada en información pública disponible al 13 de agosto de 2026. No atribuye resultados laborales o económicos a programas específicos cuando sus fuentes no publican evidencia suficiente para comprobarlos.

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